@ Eusebio Perdiguero ->
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Excepcionalmente, por considerar de interés público evidente, paso a reproducir la histórica conferencia pronunciada por Pedro Laín Entralgo, publicada en el diario EL PAIS del 6 de mayo de 1981, no disponible en abierto en la edición digital.
El artículo original (texto plano, sin editar, de lectura un tanto tediosa, de ahí mi "cuidada" edición colorista, para que nadie tenga excusa alguna para dejar de leer un artículo "histórico" de la transición española) en formato PDF (31KB), enviado por Eusebio:
TRIBUNA: PEDRO LAIN ENTRALGO
Sobre la convivencia en España/ 1
PEDRO LAIN ENTRALGO
EL PAÍS - Opinión - 06-05-1981
Organizado por el Foro del Pensamiento Político, que finamente dirige Joaquín Ruiz-Giménez, hace pocas semanas se celebró en Madrid un coloquio sobre el tema «¿Es posible la convivencia en España?». En él tomé parte, a petición de los organizadores, y de él ha dado noticia Ramón Salas Larrazábal en reciente artículo periodístico. Como la materia es sobremanera importante, y como la amable, pero discrepante. Reseña que de mis palabras hace Salas Larrazábal es harto fragmentaria, me decido a señalar con alguna precisión las líneas generales del personal punto de vista que allí expuse.
Entendida la «convivencia» como aceptación sincera de una vida pública en la cual sean realmente reconocidos la razón de ser de las opiniones del discrepante, su derecho a expresarlas libremente y la posibilidad de su acceso al poder, si por vía pacífica logra que la mayoría de los ciudadanos las compartan, mi posición Inicial es esta: en España, la convivencia es posible, más aún, necesaria, pero es difícil.
¿Por qué? No, desde luego, por razones de carácter biológico (no porque desde Indíbil y Mandonio opere entre nosotros un cromosoma de la guerra civil), de origen alimentario (no porque la nuestra sea tierra de garbanzos, y el comer garbanzos suscite la agresividad), o de índole climática (no porque las sequías nos azoten más que a otros pueblos, y la sequía soliviante el ánimo de quienes la padecen), sino por razones históricas, por el hecho de que nuestra historia haya sido la que efectivamente ha sido.
Lo cual nos plantea un problema tan grave como polémico: ¿qué ha habido en nuestra historia para que entre nosotros sea, a la vez, posible y difícil esa convivencia? No puedo dar ahora la respuesta que tal interrogación exige. Me limitaré a consignar que en la mía habría una orientación y un hecho: la orientación interpretativa que, salvados posibles reparos y añadidos complementos ineludibles, hace años propugnó Américo Castro, y el hecho de que, sea o no sea esa la interpretación adoptada, la guerra civil ha sido un reiterado componente de nuestra vida histórica, patente unas veces y latente otras, desde que con el proceso de Olavide, la prisión de Jovellanos y la guerra de la Independencia se vino abajo el tímido conato europeizador de nuestros ilustrados del siglo XVIII, se hizo liberal una parte considerable del país y los seculares poseedores del poder político y social vieron seriamente amenazados sus privilegios y sus hábitos. Al hecho de esta recurrente discordia bélica, tan atrozmente continuada por la guerra civil de 1936 a 1939 y por la dura represión que a ella subsiguió, hacía alusión, como es obvio, el título de nuestro coloquio. Pues bien: renunciando deliberadamente a ese análisis, me limité a enunciar y glosar los recursos mediante los cuales nuestra convivencia podría, a mi juicio, pasar de meramente posible a satisfactoriamente real, recursos que sin el propósito de descubrir el Mediterráneo; al contrario, sabiendo muy bien que mi propuesta no pasaba de ser la actualización de consignas cien veces proclamadas a lo largo de dos siglos, yo cifré en tres palabras: conciliación, ejemplaridad y educación.
Durante casi cuarenta años, la pública consideración de los vencidos como «antiespañoles», «asesinos», «horda roja», etcétera, ha sido entre los vencedores regla constante. Qué antología de textos podría componerse. Se publicó una
Causa general, hubo lápidas para los caídos en la retaguardia, del nombre de Paracuellos se hizo todo un símbolo, fue minuciosamente elaborada una tesis doctoral acerca de los sacerdotes y religiosos asesinados... Cierto todo ello. Horrible todo ello. Y aun cuando bien temprano hubo entre los republicanos y los socialistas muy autorizadas voces que denunciaron ese horror y protestaron contra él -Azaña, Prieto, Zugazagoitia, varios más-, no sería inoportuno que los actuales socialistas y comunistas siguiesen diciendo: «Aquello, no; aquello, nunca más». Pero es el caso que, a la vez que se producían esos horrores en la retaguardia «roja», otros equivalentes acontecían en la retaguardia «nacional». Durante los primeros meses de la guerra, y aun después, ¿qué pasó en Badajoz, en Valladolid, en Zaragoza, en Sevilla, en Salamanca, en tantas y tantas ciudades, en tantos y tantos pueblos de esa retaguardia?
Como contrapartida de los sacerdotes y hombres «de derechas» vilmente asesinados, ¿cuántos republicanos, socialistas y masones no cayeron, asesinados no menos vilmente, sólo por el hecho de haber sido lo que honradamente fueron? Estos no han tenido su «causa general», y -desde 1975- acaso tal deficiencia sea una responsabilidad colectiva de los partidos de la oposición; salvado el caso de Federico García Lorca, sólo esporádica y fragmentariamente se les ha mencionado, y en ocasiones no con la dignidad editorial que el tema requería. Y por otra parte, ¿qué voces han salido de los grupos sociales y políticos más representativos de los vencedores, para reconocer la existencia de esa atroz realidad y para a continuación arrepentidamente decir: «Aquello, no; aquello, nunca más», o lealmente confesar un «También nosotros». Penosa historia esta de lo que debió suceder y no ha sucedido.
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