Dom, 6 Nov 2005 00:25:00
 LA RAZONDIGITAL - Punto de mira: Albert Boadella

reproducido por maty

Albert Boadella, director de Els Joglars: «La mayoría de la gente que votó a Maragall está contra el Estatut»


El «juglar» catalán, que estrena «En un lugar de Manhattan», cree que «el Estatut es un bodrio, hay que suspenderlo hasta en gramática»

Miguel Ayanz

Madrid- «¡Boadella!», le grita/saluda un tipo en mitad de la acera con los pulgares en alto, como si le dijera: «Tú si que eres grande». No es el único, otro repite su nombre más tarde desde el otro lado de la calle. Está claro que Albert Boadella es popular. Querido, me atrevería a decir. Y estamos en Alcalá de Henares, no en Barcelona. Aquí, en el Teatro Salón Cervantes, estrena Els Joglars este fin de semana «En un lugar de Manhattan», la revisión que la incisiva compañía catalana ha acometido del clásico cervantino a instancias de la Comunidad de Madrid. Pedimos un café en el ambigú del teatro. Él lo toma solo. Ataco de frente: «Voy a preguntarle por el Estatut y muchas otras cosas». Boadella sonríe y pone en funcionamiento esa máquina de hacer «amigos» que tiene bajo la nariz. Y eso sin preguntarle nada. Pero es un tema que le preocupa. No en vano, fue uno de los intelectuales catalanes firmantes de un «manifest» que criticaba la reforma del Estatut y denunciaba los intereses del nacionalismo.  

-Desde el año 80, no se ha hecho otra cosa que el ridículo. Es un asunto que no fue tomado en serio por el resto del España. De Pujol se decía que era un gran estadista, tanto la derecha como la izquierda. Yo me ponía histérico. Creó un caldo de cultivo para lo que ocurre ahora. Estos son los hijos naturales de Pujol. Maleducados como lo era él. Y no es cuestión de izquierda o derecha. Felipe González no permitió ciertas cosas tampoco.

-No parece gustarle la reforma del Estatut.  

-Soy pesimista. No se puede discutir un asunto territorial de esta envergadura y que el PP, un partido de diez millones de votantes, esté fuera de juego. Me parecería muy grave que salga el estatuto sin el acuerdo del PP. En la Transición, los catalanes tuvimos una oportunidad para acabar con el falso problema catalán, ése del que Ortega y Gasset decía que no tenía solución.  

Me van a perdonar que haga un inciso en las palabras de Boadella, pero el camarero le suelta un «benvingut, Albert» y charlan en catalán unos segundos. Lo gracioso -lo digo por todos aquellos que le han llamado «anticatalanista», «traidor» y otras lindezas- es que cada vez que coge el móvil es para hablar en catalán. Juguetea con el sobre vacío del azúcar y sigue con su visión del «status quo».  

-No podemos volver atrás otra vez, al año 1714, a pensar en Felipe V. A eso se le llama paranoia. Ciertos sectores catalanes, del mundo de la cultura y la política, han tenido un gran interés en no eliminar este problema, sino en aumentarlo a medida que pasaba el tiempo. En vez de extinguir el fuego, se lo ha ido avivando. Los gobiernos de Pujol ya se encargaron de las escuelas, de la enseñanza. Daba la sensación de que todo lo que venía del resto de España era nocivo. Siempre se hablaba de Castilla, de los castellanos, con cierto retintín. Eso va haciendo su efecto en la ciudadanía. Y además descubrieron que es de una enorme rentabilidad política. Pujol gobernó así 23 años. Hacer política de los sentimientos es muy fácil. Y cuando ha llegado el momento, cuando los políticos catalanes han descubierto que Madrid, me refiero al Gobierno central, podía jugar su parte en el juego, no veas tú: entonces ya somos Nación, Imperio o lo que convenga.  

-Pero, ¿qué opina de la reforma del Estatut?  

-Lo primero, habría que darle un suspenso en gramática. Rajoy hubiera tenido que decir: «Presénteme usted un texto que se entienda». Hay partes que son una tontería, como cuando dice que todo catalán tiene derecho a disfrutar del paisaje. Se meten hasta en lo que nos tiene que gustar, como si fuera un manual de urbanidad. Es un auténtico bodrio. Y un problema, porque ya no hay marcha atrás. ¿Qué hacer ahora? Si se corta, entonces volvemos al victimismo. Si se acepta, a esperar al siguiente paso, porque el nacionalismo está instalado en la reivindicación permanente.  

-No sé si siguió la sesión del Congreso. A mí me pareció que nadie utilizó este argumento: ¿cuál será el siguiente paso y cuándo?  

-Las reivindicaciones no se acaban, porque entonces todos esos políticos se irían al paro. Seguí más o menos el debate, sí. Y creo que en España también tenemos el problema en la derecha. Tiene que tener otro ánimo. Esto es un hecho que contamina a la propia izquierda. En el caso del Estatuto, me parece que habría que utilizar una «artillería» más ingeniosa. Hay que posicionarse, aunque te pueden llamar, con mucha facilidad, anticatalán. ¡Si me lo llaman a mí! ¡Y traidor! Imagínate a alguien que no haya nacido allí. Es difícil. No olvidemos que la derecha, en Cataluña, secundó a Pujol totalmente. Y cuando hubo un señor inteligente, un magnífico político como era Vidal-Quadras, fue defenestrado por orden de Pujol, por aquel acuerdo que tenía con Aznar.  

-Usted mismo, y otras voces, han dicho que el problema es anterior: la reforma del Estatuto nunca tendría que haber llegado al Congreso.  

-Era muy difícil, porque en el momento en que en Cataluña el Partido Socialista tomó la decisión, ya era irreversible. Si el PSE hubiera ganado las elecciones en Cataluña en los años 80 y 90, seguramente no hubiera tenido que jugar la carta nacionalista para ganar y la contaminación nacionalista hubiera sido mucho menor. Pero ahora el Partido Socialista tiene que demostrar que es más catalán que Esquerra Republicana. Y tiene que defender una posición dudosamente solidaria, endogámica. Esto es la contradicción total con un planteamiento de izquierdas.  

-Es curioso: en el debate del congreso «solidaridad» fue una de las palabras más escuchadas por la parte del Tripartito. A mí me parece que nada tiene de solidaria esta reforma.  

-Ellos saben perfectamente lo que están haciendo: en el fondo quieren una posición de privilegio. Quieren hacer lo que les dé la gana, sin ningún control. Pero sin tener que mantener un ejército, que eso desprestigia mucho. Eso que lo hagan los «malos», los españoles.  

-Acláreme una cosa: el 90 por ciento del Parlamento Catalán votó a favor de la reforma. Sin embargo hay encuestas que dicen que este porcentaje no coincide con el de los ciudadanos que apoyan la reforma del Estatut.  

-La gente que votó ERC sabía perfectamente lo que votaba y está de acuerdo con esto. La gente que votó Convergencia, yo diría que no todos, pero bueno, quizá una mayoría. Los que votaron al Partido Socialista, me atrevería a decir que más de la mitad, están en desacuerdo con la reforma del Estatut. Hay un cierto secuestro del voto. Pero, si a través de la fantasía política se les dice que con el Estatut tendrán cien hospitales más, que las escuelas serán de diez alumnos por clase, la gente tampoco es masoquista. Si hiciéramos una profunda encuesta neutral, nos daríamos cuenta de que hay cientos de miles de ciudadanos en Cataluña que no apoyan esto. Cuando estos usurpadores hablan de Cataluña, a mí me parece una actitud de secuestro de la voluntad popular. Es evidente que un Parlamento, en una democracia, representa a sus votantes. Pero hay ciertas cosas que un Parlamento tiene que decidir de forma distinta. En una cuestión tan delicada como es una nueva relación territorial con el conjunto de España, habría que decidirla por referéndum.  

-Hace unos meses, firmó junto a un grupo de intelectuales catalanes no nacionalistas un manifiesto que les ha valido numerosas críticas. Allí decían que el nacionalismo se preocupa únicamente por el Estatut, que política de verdad, la sanidad, la educación, poca.  

-Es difícil hacer una política de la razón, que es la auténtica. El Gobierno catalán ha empleado la mayor parte de su tiempo en esta cuestión. Es algo que se hace por la pura supervivencia de este Gobierno.  

-Aquel manifiesto le ha costado amenazas de muerte.  

-Bueno, hay algún sector talibán que cree que todo el que no piensa según la estricta ortodoxia del catalanismo es un traidor.  

-¿Para cuando ese partido político que había anunciado en el Manifiesto?  

-Ahora vamos por las localidades, de momento en ciudades importantes, creando adhesiones. Para dentro de unos meses veremos qué «quorum» tenemos y quién toma las riendas de este partido. Creemos que Cataluña necesita un partido auténticamente no nacionalista.  

-¿Entrará usted a fondo en la vida política?  

-No. Haré lo que he hecho hasta ahora, pero nunca dentro de una administración.

-Pues no estaría mal verle de President. Y que luego alguien hiciera teatro sobre usted.  

-Lo que he hecho hasta ahora ha sido únicamente por un deber cívico, nunca por una vocación especial. Y sería una lástima. Creo que hago mucho mejor teatro que política. En las circunstancias actuales, es más digno el trabajo en el teatro que en el «teatro político».  

-¿Para cuando una obra sobre el Estatut?  

-Eso nunca. Ni pensarlo. Estoy cansado de trabajar directamente sobre estas cuestiones, me han saturado. Estoy un poco asqueado. No hay que olvidar que yo fui uno de ellos. En 1975, a la muerte de Franco, pensaba que Cataluña necesitaba una reivindicación cultural, cierto respeto por su etnia, ese tipo de cosas. Cuando he visto en lo que se ha convertido, he pensado que me equivoqué al pensar que nosotros éramos los únicos de España que tuviéramos eso que llaman hechos diferenciales. Como si Murcia, La Rioja, Almería, no tuvieran sus peculiaridades. Nosotros también las tenemos. Tenemos nuestra lengua materna, que yo hablo habitualmente con mis hijos, con mi mujer. Pero tampoco es un hecho tan importante. Todo el mundo tiene sus rasgos diferenciales. Si bien fuimos víctimas de Franco en el aspecto más cultural, en otros territorios, el problema era comer: Andalucía, Extremadura... Eso sí que eran víctimas. Luego estaba el otro engaño: que nosotros no habíamos sido una región franquista: totalmente falso. El señor Cambó era pagano de la Guerra Civil. Como el señor Mateo, de Peralada. Cataluña, en el año 75, a través del catolicismo «monserratil», ya había fabricado toda una trama de tergiversación histórica. Y yo pertenecí a eso. Cuando vi de qué iba el asunto empecé a desconfiar. Ahora, si tuviera que volver a empezar, no lo haría igual.  

-¡Qué pena, no habríamos tenido maravillas como el «Ubú President»! Esperemos que no lo deje. ¿No le inspiran, teatralmente, Maragall o Carod-Rovira?  

-A Maragall ya lo puse en el último «Ubú».  

-Pero tenía un papelito menor.  

-Hombre, era muy importante, se subía más alto que Pujol, y decía peores locuras. Fue premonitorio, porque todavía no era presidente de la Generalitat. Ya se llevó lo suyo. Además, me inspira poco: para hacer una obra sobre alguien, lo primero tiene que ser un personaje.  

-Parece desencantado, en general, por todo lo que me cuenta.  

-No, tengo muchas ganas de hacer buen teatro. No me quedan tantos años de energía, de libido intelectual, y los tengo que aprovechar.  

-¿Qué opina del teatro que se hace actualmente en los escenarios españoles?

-Veo de todo. España tiene un problema de rigor profesional. El arte es un trabajo minucioso, de mucha entrega, horas y concentración. Y todos quieren un éxito fácil. Además, las administraciones no han sido positivas en este sentido. No porque se invierta dinero, que está bien. Pero se ha hecho bajo control, y el mundo del teatro se siente ahora como un un funcionariado. Pero hay muy poco compromiso, muy poca transgresión. La gente tiene miedo de herir a alguien. Las cosas a veces tienen que molestar, tener una cierta violencia.  

-Crearse enemigos, vamos...  

-Sí, fomentar enemigos. Ése es uno de los mandamientos de Els Joglars.  

-Hace unos meses un libro recogía el decálogo de la compañía. ¿Cuáles son sus otros mandamientos?  

-Somos antidogmáticos. Somos agropecuarios. Despreciamos la fantasía: la realidad es lo más importante. Vamos siempre contra la moda si es posible. Creemos que el único creador es Dios: los demás somos constructores. Ahora a cualquier mindundis que hace una tortilla de color violeta lo llaman creador...  

-Ahora estrenan una versión propia de «Don Quijote», titulada «En un lugar de Manhattan». ¿Respetará ese decálogo?

-Está dentro del decálogo. Trata de enfrentar esos dos mundos: el de la frivolidad posmoderna, la huida hacia delante a costa de Cervantes, del «Quijote», de Shakespeare o de quien sea, frente a un mundo arcaico como el de la moral quijotesca, desgraciadamente ya en recesión, por no decir desaparecido. Ya no quedan Quijotes.



En primera persona

Palabras cruzadas. En 1977 cató la cárcel por atreverse a llevar la historia de un anarquista a la escena. «La Torna» se convirtió en un clásico. Casi 30 años después, sigue cabreando a tirios y troyanos. «La Torna de la Torna», a mediados de este año, le valió un conflicto con los ex Joglars que le reclamaban su co-autoría. En 2004, se negó a aceptar la Gran Cruz de San Jordi de la Generalitat y pidió, indignado, que el Ayuntamiento de Calafell le mantuviera el título de «persona non grata», que pensaba retirarle. Contestario, provocador, lúcido como pocos, Albert Boadella (Barcelona, 1943) fundó en 1962 Els Joglars. Tiene alma de juglar y de bufón y una máxima: «Que no pase un día sin hacer un nuevo enemigo». Se ha reído de la Iglesia («Teledeum», 1983) y del nacionalismo («Operación Ubú», 1981, y «Ubú President», 1995). Entre otros éxitos, se recuerda la trilogía dedicada a Dalí, Plá y el «Ubú» Pujol. Acaba de estrenar en el Teatro Cervantes de Alcalá de Henares «En un lugar de Manhattan» (allí puede verse hoy y mañana). El día 17 llega al Teatro Albéniz, donde estará hasta enero.



- ARTICULOS -